lunes, 17 de marzo de 2008

La Espiga de Fuego

Cierro los ojos…
Así me encontraba: raquítico, semidesnudo, en la punta del cerro, con olor a mentes quemadas; despierto. Según la niebla, ya es de día; los pequeños fantasmas verdes me incitan a levantarme; apenas abrí los ojos y ya siento su presencia. Todo estaba mezclado con un tono lechoso: los árboles, el cielo, el llano, el mismo suelo que pisaba, mis pensamientos, su presencia; me perseguía como una sensación de remordimiento por aplastar una avispa.

Harto, empecé a correr, adentrándome en el bosque y tratando de salir de él. Parecía que las avispas se habían molestado y me perseguían (aunque el motivo de su persecución sólo fuera mi presentimiento de haber matado a una de ellas); yo seguía corriendo entre ese bosque brillante y blanco, hasta que llegué a un acantilado enfrente de un desierto de arena negra.

Todo enrojecido, se siente la efervescencia en el aire, una explosión interna en el paladar se disipa hacia el estómago, la humedad queda subyugada por una lava de saudades.

Las avispas me habían dejado junto con la presencia desconocida; de seguro le tenían miedo a las alturas (¿o a lo negro?); pero sentí otra presencia, una presencia embriagante y al mismo tiempo de peligro. Era fuerte, sentí que venía de aquel desierto oscuro, me jalas de los pies y del miedo.

Corrí por la orilla del acantilado, buscando algún lugar por el que pudiera bajar; después de un rato, a unos metros de ahí, vi una puerta gigantesca hacia el desierto; sin pensarlo bajé, corrí hacia la puerta. Al llegar a ella encontré un botón de fuego, lo apreté, después de unos segundos se rompió un pedazo de la puerta y entré.

El musgo cubriéndome las entrañas, las gotas se secan al verme, las esporas de las plantas me muerden y yo sólo espero a tenerlo, ese ente segmentado, gélido, fino, desconocido; será la presencia del águila torturada por la serpiente. Las estrellas se me clavan y sólo me sigo incendiando. ¿Secaré el cielo?

Sin duda una de las ciudades más bellamente destruidas y grandes que jamás haya visto; parecía devastada por un volcán, las casas pequeñas cubiertas por lava seca y las pocas personas que había, estaban igualmente recubiertas de lava, mostrando las últimas acciones antes de su muerte; era inevitable no poder recordar la pintura “ el grito” de Edvard Munch, todos gritando con desesperación ante lo inevitable, tan absurdos, como si la muerte fuera algo inhumano; sin embargo, se podría divisar entre la muchedumbre de polvo y ceniza una escultura de dos enamorados abrazando su fin, su muerte, qué envidia.

Seguí corriendo, el tiempo estaba pasando y yo tenía que encontrar aquello que me tenía tan preocupado. En ese momento vi una luz y empecé a seguirla, parecía venir de una casa, que conforme me acercaba se hacía más grande, hasta que al llegar a ella ya era un rascacielos. Entré y noté que la luz no venía del primer piso, éste estaba más oscuro que la oscuridad de mis párpados; pregunté si había alguien, mientras caminaba lentamente entre cristales, piedras y una que otra rata muerta. Tenía que subir, algo me dijo que de la luz provenía aquella presencia en mi cabeza.

Las esferas brillan, cada minuto desperdiciado mi cuerpo se hace más cenizo, los gatos me gritan y la sangre putrefacta arde justo en los pulmones; las espinas, los ojos clavados en las paredes esperan mi muerte; flamas azules me cubren las piernas…tengo que encontrarla.

Hallé una escalera, algo escarpada pero definitivamente más visible que el primer piso. Subí rápido, con esperanzas de encontrar el cuarto de donde provenía la luz, hasta que choqué con algo, (¿o alguien…?) Caí algunos escalones y cuando me levanté, una cara sucia me dijo que me callara y que apagara mi pantalón, pues llamaba mucho la atención. No me había percatado, ¡mi pantalón se incendiaba! El tipo me volvió a callar, tenía en la mano una clase de arma; inmediatamente, pateó una puerta que estaba enfrente a él y entró disparando lo que parecían globos de agua, pero que al impactarse hacían un ruido como de una gato llorando; fui rápido a ver a qué le disparaban y al pasar la puerta, algo como un látigo muy grueso me pegó justo en el corazón; del impacto fui a dar incrustado en la pared. Cuando volteé a ver, lo que me golpeó se estaba incendiando por completo, tan rápido que apenas me dieron unas milésimas para disfrutar las luces; de repente aparecieron muchos hombrecitos iguales al que me había callado, todos estaban felices, pero al verme empezaron a correr, me encuentro lleno de flamas.

Miles de flores salen de las esquinas, mi cuerpo se expande sin control por las paredes y los pisos, “el tiempo no es”, métricas nubes de humo inundan mis ojos, los colores se derriten y escapan tras las puertas; “el tiempo existe”, mis ojos metálicos gotean nitroglicerina, mis orejas escuchan súplicas de las mesas, todo lo destruyo; “el tiempo muere”, lo húmedo es seco.

Estaba agotado, mi cuerpo no respondía, necesitaba encontrar la luz, la presencia era más grande, no podía terminar así, tenía que encontrarla. Subí un piso más; empecé a recordar nombres y lo imperfectos que eran (¿estaría muriendo?), me acercaba, sentía que era alguien, que necesitaba ayuda, utilicé mis últimas fuerzas para abrir la puerta y a pesar del calor que creaba, sentí frío, te encontré.

Entro, cubro tu cuarto de flamas y te abrazo como la única gota que puede curarme, las flamas se extinguen, creces como huracán, haciéndome niño en tus ojos de planeta Venus.
Aparecimos en el techo del edificio, te fuiste después de curar mis quemaduras y quedé dormido.
Abro los ojos y estas… como la mancha de sangre en el techo y la espiga que causó la herida...me besas.


Este es un experimento, inspirado en la novela lírica de la argentina Sandra Lorenzo titulada Saudades; más que la temática, lo que hice fue tomar la idea de combinar la narrativa con la poesía, claro en un versión escala que seria un cuento, espero les guste.

De: Víctor Fernández H.

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