jueves, 27 de noviembre de 2008

"TIEMPO CERO" Italo Calvino

Tengo la impresión de que no es la primera vez que me encuentro en esta
situación: con el arco apenas flojo en la mano izquierda tendida hacia adelante, la
mano derecha contraída atrás, la flecha F suspendida en el aire a casi un tercio de
su trayectoria y, un poco más allá, suspendido también en el aire y también a casi
un tercio de su trayectoria, el león L en el acto de saltar sobre mí con las fauces
abiertas y las garras extendidas. Dentro de un segundo sabré si la trayectoria de la
flecha y la del león vendrán o no a coincidir en un punto X atravesado tanto por L
como por F en el mismo segundo tx, es decir, si el león se desplomará en el aire
con un rugido sofocado por el borbotón de sangre que le inundará la negra
garganta atravesada por la flecha, o si caerá incólume sobre mí derribándome con
un doble zarpazo que me desgarrará el tejido muscular de los hombros y del tórax,
mientras su boca, cerrándose con un simple golpe de mandíbulas, me separará la
cabeza del cuello a la altura de la primera vértebra.
Tan numerosos y complejos son los factores que condicionan el movimiento
parabólico tanto de las flechas como de los felinos, que no me permiten por el
momento juzgar cuál de sus eventualidades es más probable. Me encuentro pues
en una de esas situaciones de incertidumbre y espera en las que no se sabe
realmente qué pensar. Y el pensamiento que se me presenta es éste: me parece
que no es la primera vez.

No quiero referirme aquí a otras experiencias mías de caza: el arquero, apenas
cree que ha adquirido experiencia, está perdido; cada león que encontramos en
nuestra breve vida es diferente de cualquier otro león; guay si nos detenemos a
hacer confrontaciones, a deducir nuestros movimientos de normas y
presuposiciones. Hablo de este león L y de esta flecha F que han llegado ahora a
casi un tercio de sus respectivas trayectorias.
Y tampoco puedo ser incluido entre los que creen en la existencia de un león
primero y absoluto, del cual todos los diversos leones particulares y aproximativos
que nos saltan encima son sólo sombras o apariencias. En nuestra dura vida no
hay lugar para nada que no sea concreto y captable por los sentidos.
Igualmente extraña me es la opinión del que dice que cada uno lleva en sí desde
su nacimiento un recuerdo de león que amenaza en sus sueños, heredado de
padre a hijo, y así cuando ve un león se dice enseguida: ¡vaya, el león! Podría
explicar por qué y cómo he llegado a excluirlo, pero no me parece que sea éste el
momento oportuno.
Básteme decir que por «león» entiendo sólo esta mancha amarilla que emerge de
un matorral de la sabana, este bufido ronco que exhala olor de carne
sanguinolento, y el pelo blanco del vientre y el rosa bajo las zarpas, y el ángulo
agudo de las uñas retráctiles como las veo ahora cerniéndose sobre mí en una
mezcla de sensaciones que llamo «león» por darle un nombre, aunque está claro
que no tiene nada que ver con la palabra león ni tampoco con la idea de león que
uno podría hacerse en otras circunstancias.
Si digo que este instante que estoy viviendo no es la primera vez que lo vivo, es
porque la sensación que tengo es como de un ligero desdoblarse de imágenes,
como si al mismo tiempo viera no un león o una flecha sino dos o más leones y
dos o más flechas superpuestos con un corrimiento apenas perceptible, de modo
que los contornos sinuosos de la figura del león y el segmento de la flecha
resultan subrayados o mejor aureolados por líneas más sutiles y de color más
esfumado. El desdoblamiento sin embargo podría ser solamente una ilusión con la
cual me represento una sensación de espesor de otro modo indefinible, por la cual
león flecha matorral son algo más que este león esta flecha este matorral, es
decir, la repetición interminable de león flecha matorral dispuestos en esa precisa
relación con una interminable repetición de mí mismo en el momento en que
apenas he aflojado la cuerda de mi arco.
No quisiera sin embargo que esta sensación como la he descrito se asemejase
demasiado al reconocimiento de algo ya visto, flecha en esa posición y león en
aquella otra y recíproca relación entre las posiciones de la flecha y del león y de
mí plantado aquí con el arco en la mano; preferiría decir que lo que he reconocido
es solamente el espacio, el punto del espacio en que se encuentra la flecha y que
estaría vacío si la flecha no estuviera, el espacio vacío que ahora contiene al león
y el que me contiene ahora a mí, como si en el vacío del espacio que ocupamos, o
mejor atravesamos - es decir, que el mundo ocupa o, mejor, atraviesa -, algunos
puntos me hubieran resultado reconocibles en medio de todos los otros puntos
igualmente vacíos e igualmente atravesados del mundo. Y que quede bien claro:
no es que este reconocimiento suceda en relación, por ejemplo, con la
configuración del terreno, con la distancia del río o de la selva; el espacio que nos
circunda es un espacio siempre diverso, lo sé, sé que la Tierra es un cuerpo
celeste que se mueve en medio de otros cuerpos celestes que se mueven, sé que
ninguna señal, ni en la Tierra ni en el cielo, puede servirme de punto de referencia
absoluto, tengo siempre presente que las estrellas giran en la rueda de la galaxia y
las galaxias se alejan una de la otra con velocidad proporcional a la distancia.
Pero la sospecha que me ha asaltado es justamente ésta: haber llegado a
encontrarme en un espacio que no me es nuevo, haber vuelto a un punto por el
cual ya habíamos pasado. Y como no se trata sólo de mí sino también de una
flecha y de un león, no es el caso de pensar que sea un azar: aquí se trata del
tiempo, que continúa recorriendo una huella que ya ha recorrido. Podría pues
definir como tiempo y no como espacio ese vacío que me ha parecido reconocer al
atravesarlo.
La pregunta que ahora me hago es si un punto del recorri do del tiempo puede
superponerse a puntos de recorridos precedentes. En este caso, la impresión de
espesor de las imágenes se explicaría como la palpitación repetida del tiempo en
un instante idéntico. Podría también darse, en ciertos puntos, un pequeño
corrimiento entre un recorrido y el otro: imágenes ligeramente desdobladas o
desenfocadas serían el indicio de que el trazado del tiempo está un poco
desgastado por el uso y deja un sutil margen de juego en torno a sus pasajes
obligados. Pero aunque no se tratase de un momentáneo efecto óptico, queda el
acento como de una cadencia que me parece oír palpitar en el instante que estoy
viviendo. No quisiera sin embargo que lo que he dicho hiciese pensar que este
instante está como dotado de una especial consistencia temporal en la serie de
instantes que lo preceden y lo siguen: desde el punto de vista del tiempo es
exactamente un instante que dura como los otros, indiferente a su contenido,
suspendido en su carrera entre el pasado y el futuro; lo que me parece haber
descubierto es su recorrer puntual en una serie que se repite cada vez idéntica a
sí misma.
En una palabra, todo el problema, ahora que la flecha traspasa el aire con un
silbido y el león se arquea en su salto y no se puede prever todavía si la punta
embebida en el veneno de serpiente traspasará el pelo leonado entre los ojos
desorbitados o si errará el blanco abandonando mis vísceras inermes al desgarrón
que las separará de la urdimbre de huesos donde están ahora ancladas y las
arrastrará dispersas por el suelo ensangrentado y polvoriento hasta que antes de
la noche los cuervos y los chacales hayan borrado la última huella; todo el
problema para mí es saber si la serie de que forma parte este segundo está
abierta o cerrada. Porque si, como me parece haber oído sostener alguna vez, es
una serie finita, si el tiempo del universo ha comenzado en cierto momento y
continúa en una explosión de estrellas y nebulosas cada vez más enrarecidas
hasta el momento en que la dispersión alcance el límite extremo y estrellas y
nebulosas vuelvan a concentrarse, la consecuencia que debo sacar es que el
tiempo volverá sobre sus pasos, que la cadena de los minutos se desenrollará en
sentido inverso, hasta que se llegue de nuevo al principio, para recomenzar
después, todo esto infinitas veces - y no está dicho, entonces, que haya tenido un
comienzo: el universo no hace sino pulsar entre dos momentos extremos, obligado
a repetirse desde siempre -, así como infinitas veces se ha repetido y se repite
este segundo en que ahora me encuentro.
Tratemos pues de ver claro: yo me encuentro en un punto espaciotemporal
intermedio cualquiera de una fase del universo; al cabo de centenares de millares
de billones de segundos he aquí que la flecha y el león y yo y el matorral nos
hemos encontrado como nos encontramos ahora, y este segundo será de
inmediato tragado y sepultado en la serie de los centenares de millares de billones
de segundos que continúa, independientemente del resultado que tenga de aquí a
un segundo el vuelo convergente o corrido del león y de la flecha; después en
cierto momento la carrera invertirá su sentido, el universo repetirá su curso a la
inversa, de los efectos resurgirán puntuales las causas, e incluso de estos efectos
que me esperan y que no conozco, de una flecha que se clava en el suelo
levantando una nube amarilla de polvo y menudas astillas de sílex o que traspasa
el paladar de la fiera como un nuevo diente monstruoso, se regresará al momento
que ahora estoy viviendo, la flecha volviendo a empulgarse como chupada en el
arco tenso, el león cayendo detrás del matorral sobre las zarpas posteriores
contraídas a resorte, y todo el después será poco a poco borrado segundo por
segundo por el retorno del antes, será olvidado en el descomponerse de los miles
de millones de combinaciones de neuronas dentro de los lóbulos de los cerebros,
de modo que nadie sabrá que vive en el reverso del tiempo como ni siquiera yo
ahora estoy seguro de cuál es el sentido en que se mueve el tiempo en que me
muevo, y si el después que espero no ha sucedido ya en realidad hace un
segundo, llevando consigo mi salvación o mi muerte.
Lo que me pregunto es si, considerando que a este punto de todos modos se ha
de volver, no es cosa de que yo me detenga, que me detenga en el espacio y en
el tiempo, mientras la cuerda del arco apenas aflojada se curva en la dirección
opuesta a aquella hacia la cual había estado anteriormente tendida, y mientras el
pie derecho apenas aliviado del peso del cuerpo se levanta en una torsión de
noventa grados, y de que esté así inmóvil esperando que de la oscuridad del
espaciotiempo vuelva a salir el león y a disponerse contra mí con las cuatro zarpas
altas en el aire, y la flecha vuelva a insertarse en su trayectoria en el punto exacto
en que está ahora. ¿Para qué sirve en realidad seguir si antes o después
tendremos que encontrarnos en esta situación? Da lo mismo que yo me conceda
un descanso de unas decenas de miles de millones de años, y deje que el resto
del universo continúe su carrera espacial y temporal hasta el fin, y espere el viaje
de retorno para saltar de nuevo dentro, y después volver atrás en la historia mía y
del universo hasta los orígenes, y después recomenzar otra vez para encontrarme
aquí de nuevo - o que deje que el tiempo vuelva atrás por su cuenta y después
vuelva a acercárseme mientras yo estoy siempre quieto esperando -, y ver
entonces si la vez es buena para decidirme a dar el otro paso, para ir a dar una
ojeada a lo que me sucederá dentro de un segundo, o si no me conviene
detenerme definitivamente aquí. Para eso no es necesario que mis partículas
materiales sean sustraídas a su curso espaciotemporal, a la sanguinaria efímera
victoria del cazador o del león: estoy seguro de que una parte de nosotros queda
de todos modos enviscada en cada intersección del tiempo y, del espacio, y por lo
tanto bastaría no separarse de esa parte, identificarse con ella, dejando que el
resto gire como debe girar hasta el final.
Se me presenta, en suma, esta posibilidad: constituir un punto fijo en las fases
oscilantes del universo. ¿Debo aprovechar la ocasión o mejor dejarla pasar?
Detenerme, quizá me detendría no yo solo, cosa que, me doy cuenta, tendría poco
sentido, sino yo junto con lo que sirve para definir este instante para mí, flecha
león arquero suspendidos así como estamos para siempre. Me parece en realidad
que si el león supiera claramente cómo están las cosas, de seguro también él
estaría de acuerdo en permanecer como se encuentra ahora, a casi un tercio de la
trayectoria de su salto furioso, y en separarse de aquella proyección de sí mismo
que dentro de un segundo irá al encuentro de los rígidos espasmos de la agonía o
de la masticación rabiosa de un cráneo humano todavía caliente. Puedo hablar,
pues, no sólo por mí, sino también en nombre del león. Y en nombre de la flecha,
porque una flecha no puede querer sino ser flecha como lo es en este rápido
momento, y aplazar el destino de desperdicio romo que le espera, cualquiera que
sea el blanco en que dé.
Establecido, pues, que la situación en que nos encontramos ahora yo y león y
flecha en este instante t0 se verificará dos veces para cada vaivén del tiempo,
idéntica las tres veces, y así ya se había repetido tantas veces cuantas el universo
ha repetido su diástole y su sístole en el pasado - si es que tiene sentido hablar de
pasado y de futuro para la sucesión de estas fases, cuando sabemos que no tiene
ninguno en el interior de las fases -, queda siempre la incertidumbre sobre las
situaciones en los sucesivos segundos t1, t2, t3, etcétera, así como parecía
incierta en los precedentes t-1, t-2, t-3, etcétera.
Las alternativas, mirándolo bien, son éstas:
o las líneas espaciotemporales que el universo sigue en las fases de su pulsación
coinciden en todos sus puntos;
o bien coinciden sólo en algunos puntos excepcionales, como el segundo que
estoy viviendo, para diverger después en los otros.
Si esta última alternativa es la justa, desde el punto espaciotemporal en que me
encuentro parte un haz de posibilidades que cuanto más avanzan en el tiempo
más divergen en cono hacia futuros completamente diferentes entre sí, y a cada
vez que me encuentre aquí con la flecha y el león en el aire corresponderá un
diferente punto X de intersección de sus trayectorias, cada vez el león será herido
de manera diferente, tendrá una agonía diferente o encontrará en medida diferente
nuevas fuerzas para reaccionar, o no será herido y se arrojará sobre mí cada vez
de una manera diferente dejándome o no dejándome posibilidad de defensa, y mis
victorias y mis derrotas en la lucha con el león se revelan potencialmente infinitas,
y cuantas más veces sea yo despedazado tantas más probabilidades tendré de
dar en el blanco la próxima vez que me encuentre aquí de nuevo dentro de miles
de millones de años, y sobre esta situación mía de ahora no puedo emitir ningún
juicio porque en caso de que yo esté viviendo la fracción de tiempo
inmediatamente anterior a la garra de la fiera, éste sería el último momento de una
época feliz, mientras que si lo que me espera es el triunfo con que la tribu acoge al
cazador de leones victorioso, esto que estoy viviendo es el colmo de la angustia,
el punto más negro del descenso a los infiernos que debo cumplir para merecer la
apoteosis. De esta situación, pues, me conviene huir sea como fuere lo que me
aguarda, porque si hay un intervalo de tiempo que no cuenta nada es justamente
éste, definible sólo en relación con el que le sigue, es decir, en sí mismo este
segundo no existe, y no hay ninguna posibilidad no sólo de detenerse en él sino
de atravesarlo lo que dura un segundo, en suma, es un salto del tiempo entre el
momento en que el león y la flecha han emprendido su vuelo y el momento en que
un chorro de sangre irrumpirá de las venas del león o de las mías.
Añádase que si de este segundo parten en cono infinitas líneas de posibles
futuros, las mismas líneas provienen oblicuas de un pasado que es también un
cono de posibilidades infinitas, por lo tanto el yo mismo que se encuentra ahora
aquí con el león que se le desploma desde lo alto y con la flecha que abre su
camino en el aire, y un yo mismo cada vez diferente porque el pasado la edad la
madre el padre la tribu la lengua la experiencia son diferentes cada vez, el león es
siempre otro león aunque sea exactamente así como lo veo cada vez, con la cola
que en el salto se ha replegado acercando el mechón al flanco derecho en un
movimiento que podría ser tanto un latigazo como una caricia, con las crines tan
abiertas que tapan a mi vista gran parte del pecho y del torso y sólo dejan surgir
lateralmente las zarpas anteriores levantadas como preparándose para un abrazo
jubiloso pero en realidad prontas a hundirme las uñas en los hombros con todas
sus fuerzas, y la flecha está hecha de una materia siempre diferente, aguzada con
diferentes instrumentos, envenenada con disímiles serpientes, pero siempre
atravesando el aire con la misma parábola y el mismo silbido. Lo que no cambia
es la relación entre yo flecha león en ese instante de incertidumbre que se repite
igual, incertidumbre cuya apuesta es la muerte, pero es preciso reconocer que si
esta muerte inminente es la muerte de un yo con diferente pasado, de un yo que
ayer por la mañana no ha estado recogiendo raíces con mi prima, es decir,
mirándolo bien, otro yo, de un extraño, quizá de un extraño que ayer por la
mañana estuvo recogiendo raíces con mi prima, por lo tanto de un enemigo,
aunque aquí en mi lugar las otras veces en cambio de estar yo había otro, no es
que me importe ya mucho saber si la vez antes o la vez después la flecha dio o no
en el león.
En este caso entonces queda excluido que el detenerme en t0 por todo el curso
del espacio y del tiempo tenga para mí interés. Se mantiene siempre sin embargo
la otra hipótesis: así como en la vieja geometría bastaba que las líneas
coincidieran en dos puntos para que coincidieran en todos, así puede darse que
las líneas espaciotemporales trazadas por el universo en sus fases alternas
coincidan en todos sus puntos y entonces no sólo t0 sino también t1 y t2 y todo lo
que vendrá después coincidirán con los respectivos t1, t2, t3 de las otras fases, y
así todos los segundos precedentes y siguientes, y yo estaré reducido a tener un
solo pasado y un solo futuro repetidos infinitas veces antes y después de este
momento. Cabe sin embargo preguntarse si tiene sentido hablar de repetición
cuando el tiempo consiste en una serie única de puntos tales que no permiten
variaciones ni en su naturaleza ni en su sucesión: bastaría entonces decir que el
tiempo es finito y siempre igual a sí mismo, y por lo tanto puede considerarse
como dado contemporáneamente en toda su extensión formando una pila de
estratos de presente; es decir, se trata de un tiempo absolutamente lleno, en
cuanto cada uno de los átomos en que es descomponible constituye como un
estrato que está continuamente presente, inserto entre otros estratos también
continuamente presentes. En resumen, el segundo t0 en el que están la flecha F0
y un poco más allá el león L0 y aquí el yo mismo Q0 es un estrato espaciotemporal que permanece detenido e idéntico para siempre, y junto a ese
se dispone t, con la flecha F, y el león L, y el yo mismo Q, que han cambiado
ligeramente sus posiciones, y, allí al lado está t2 que contiene F2, L2 y Q2 y así
sucesivamente. En uno de esos segundos puestos en fila resulta claro quién vive y
quién muere entre el león Ln y el yo mismo Qn, y en los segundos siguientes
seguramente se están desenvolviendo: o los festejos de la tribu al cazador que
vuelve con los despojos del león, o los funerales del cazador mientras a través de
la sabana se difunde el terror al paso del león asesino. Cada segundo es
definitivo, cerrado, sin interferencias con los otros, y yo Q0. aquí en mi territorio t0,
puedo estar absolutamente tranquilo y desinteresarme de lo que
contemporáneamente está sucediendo a Q1, Q2, Q3, Qn. en los respectivos
segundos vecinos míos, porque en realidad los leones L1, L2, L3, Ln no podrán
jamás ocupar el lugar del notorio y todavía inofensivo aunque amenazante L0,
mantenido a raya por una flecha en vuelo F0 portadora aún en sí de esa potencia
mortífera que podría revelarse desperdiciada por F1, F2, F3, Fn, en su disponerse
en segmentos de trayectoria cada vez más distantes del blanco, ridiculizándome
como el arquero más chambón de la tribu, o mejor ridiculizando como chambón a
aquel Q0, que en t-1 apunta con su arco.
Sé que la comparación con los fotogramas de una película, se impone
espontáneamente, pero si he evitado hasta ahora hacerla he tenido mis razones.
Es cierto que cada segundo está encerrado en sí mismo y es incomunicable con
los otros exactamente corno un fotograma, pero para definir su contenido no
bastan los puntos Q0 L0, F0, con los cuales lo limitaremos a una escenita de caza
del león, todo lo dramática que se quiera pero desde luego no muy vasta de
horizontes; lo que ha de tenerse en cuenta contemporáneamente es la totalidad de
los puntos contenidos en el universo en ese segundo t0, no uno exclusivamente, y
entonces el fotograma es mejor quitárselo de la cabeza porque no hace más que
confundir las ideas.
De modo que yo ahora que he decidido habitar para siempre este segundo t0 - y si
no lo hubiera decidido sería lo mismo porque en cuanto Q0 no puedo habitar
ningún otro - tengo toda la comodidad para mirar a mi alrededor y contemplar
segundo en toda su extensión. Aquel abarca a mi derecha un río negreante de
hipopótamos, a mi izquierda la sabana blanconegreante de cebras y esparcidos en
varios puntos del horizonte algunos baobabs amarillonegreantes de tucanes, cada
uno de estos elementos contramarcado por las posiciones que ocupan
respectivamente los hipopótamos H(a)0, H(b)0, H(c)0, etcétera, las cebras C(a)0,
C(b)0, C(c)0, etcétera, los tucanes T(a)0, T(b)0, T(c)0, etcétera. Aquel comprende
además aldeas de caballas y almacenes de importaciones y exportaciones,
plantaciones que ocultan bajo tierra millares de semillas en momentos diversos de
su proceso de germinación, desiertos interminables con la posición de cada
granito de arena G(a)0, G(b)0... G(n)0 transportado por el viento, ciudades de
noche con ventanas iluminadas y ventanas apagadas, ciudades de día con
semáforos rojos y amarillos y verdes, curvas de la productividad, índices de
precios, cotizaciones de bolsa, propagaciones de enfermedades infecciosas con la
posición de cada uno de los virus, guerras locales con ráfagas de balas B(a)0,
B(b,)0, B(n)0, suspendidas en su trayectoria que quién sabe si herirán a los
enemigos E(a)0, E(b)0, E(n)0 escondidos entre las hojas, aeroplanos con racimos
de bombas que han de, ser soltadas, guerra total implícita en la situación
internacional IS0 que no se sabe en qué momento se convertirá en guerra total
explícita, explosiones de estrellas supernovas que podrían cambiar radicalmente
la configuración de nuestra galaxia...
Cada segundo es un universo, el segundo que vivo es el segundo en que habito,
the second I live is the second I live in, tengo que habituarme a pensar mi
razonamiento contemporáneamente en todas las lenguas posibles si quiero vivir
extensivamente mi instante-universo. A través de las combinaciones de todos los
datos contemporáneos podré alcanzar un conocimiento objetivo del instanteuniverso
t0 en toda su extensión espacial yo incluido, dado que en el interior de t0
yo Q0 no estoy determinado por mi pasado Q-1 Q-2 Q-3 etcétera sino por el
sistema constituido por todos los tucanes T0, balas B0, virus V0, sin los cuales no
podría establecerse que yo soy Q0. Más aún, dado que ya no me preocupa qué le
ocurrirá a Q1, Q2 Q3 etcétera, no es cosa de que siga adoptando el punto de vista
subjetivo que me ha guiado hasta aquí, puedo identificarme tanto conmigo como
con el león o con el granito de arena o con el índice del costo de la vida o con el
enemigo o con el enemigo del enemigo.
Para hacer esto basta establecer con exactitud las coordenadas de todos esos
puntos y calcular algunas constantes. Podría por ejemplo poner de relieve todas
las componentes de suspensión e incertidumbre que valen tanto para mí como
para el león la flecha las bombas el enemigo y el enemigo del enemigo, y definir t0
como un momento de suspensión e incertidumbre universal. Pero esto no me dice
todavía nada de sustancial sobre t0 porque admitiendo que se trata de un
momento de todos modos terrible como me parece ya probado, podría ser tanto
un momento terrible en una serie de momentos de terribilidad creciente como un
momento terrible en una serie de terribilidad decreciente y por lo tanto ilusoria. En
otras palabras, esta firme pero relativa terribilidad de t0 puede asumir valores
completamente diferentes, por cuanto t1, t2, t3 pueden transformar la sustancia de
t. de manera radical, o mejor dicho son los varios t, de Q1, L1, E(a), N(a) los que
tienen el poder de determinar las cualidades fundamentales de t0.
Aquí me parece que las cosas comienzan a complicarse: mi línea de conducta es
encerrarme en t0, y no saber nada de lo que sucede fuera de este segundo,
renunciando a un punto de vista limitadamente personal para vivir t0 en su global
configuración objetiva, pero esta configuración objetiva se puede captar no desde
el interior de t0 sino sólo observándola desde otro instante-universo, por ejemplo
desde t0, o desde t2, y no desde toda su extensión contemporáneamente sino
adoptando decididamente un punto de vista, el del enemigo o el del enemigo del
enemigo, el del león o el de mí mismo.
Recapitulando: para detenerme en t0 debo establecer una configuración objetiva
de t0; para establecer una configuración objetiva de t0 debo desplazarme a t1;
para desplazarme a t1, debo adoptar una perspectiva subjetiva cualquiera, por lo
tanto da lo mismo que tenga la mía. Recapitulando una vez más: para detenerme
en el tiempo debo moverme con el tiempo, para llegar a ser objetivo debo
mantenerme subjetivo.
Veamos ahora cómo comportarme en la práctica: quedando establecido que yo
como Q0 conservo mi residencia fija en t0, podré entre tanto hacer una escapada
lo más rápida posible a t1, y si no basta, continuar hasta t2 y t3 identificándome
provisionalmente con Q1, Q2 y Q3, todo esto naturalmente en la esperanza de
que la serie Q continúe y no sea prematuramente truncada por las uñas combadas
de L1, L2, L3, porque sólo así podré darme cuenta de cómo se configura mi
posición de Q0 en t0, que es la única cosa que debe importarme.
Pero el peligro que corro es que el contenido de t1, del instante-universo t1, sea
tanto más interesante, tanto más rico que t0 en emociones y sorpresas no sé si
triunfales o ruinosas, que yo esté tentado de dedicarme todo a t1, dando la
espalda a t0, olvidándome de que he pasado a t1, sólo para informarme mejor
sobre t0. Y en esta curiosidad por t1, en este ilegítimo deseo de conocimiento por
un instante-universo que no es el mío, al querer darme cuenta de si hago
realmente un buen negocio permutando mi estable y segura ciudadanía en t0 por
esa porción de novedad que es t1, puede ofrecerme, podré dar un paso hasta t2,
cosa de tener una idea más objetiva de t1; y ese paso a t2, a su vez...
Si las cosas son así, ahora me doy cuenta de que mi situación no cambiaría en
nada ni siquiera abandonando las hipótesis de las cuales he partido, esto es,
suponiendo que el tiempo no conozca repeticiones y consista en una serie
irreversible de segundos uno diferente del otro, y cada segundo suceda de una
vez para siempre, y que habitarlo en su duración exacta de un segundo quiera
decir habitarlo para siempre, y que t0 me interesa solamente en función de los t1,
t2, t3 que le siguen, con su contenido de vida o de muerte como consecuencia del
movimiento que ha cumplido disparando la flecha, y del movimiento que ha
cumplido el león dando su salto, e incluso de los otros movimientos que el león y
yo haremos en los próximos segundos, y del miedo que por toda la duración de un
interminable segundo me tiene petrificado, tiene petrificado en vuelo al león y a la
flecha a mi vista, y el segundo, t0 fulmíneo como ha llegado fulmíneamente ahora
se dispare en el segundo sucesivo, y trace sin más dudas la trayectoria del león y
de la flecha.
FIN

Leer más...

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Como ser un buen escritor

tienes que follarte a muchas mujeres
bellas mujeres
y escribir unos pocos poemas de amor decentes

y no te preocupes por la edad
y/o los nuevos talentos.

sólo toma más cerveza más y más cerveza.

Ve al hipódromo por lo menos una vez
a la semana

y gana
si es posible.

aprender a ganar es difícil,
cualquier idiota puede ser un buen perdedor.

y no olvides tu Brahms,
tu Bach y tu
cerveza.

no te exijas.
dormí hasta el mediodía.

evita las tarjetas de crédito
o pagar cualquier cosa en término.

acuérdate de que no hay un pedazo de culo
en este mundo que valga más de 50 dólares
(en 1977).

y si tienes capacidad de amar
ámate a ti mismo primero
pero siempre sé consciente de la posibilidad de
la total derrota
ya sea por buenas o malas razones.

un sabor temprano de la muerte no es necesariamente
una mala cosa.

quédate afuera de las iglesias y los bares y los museos
y como las araña sé
paciente,
el tiempo es la cruz de todos.
más
el exilio
la derrota
la traición

toda esa basura.

quédate con la cerveza

la cerveza es continua sangre.

una amante continua.
agarra una buena máquina de escribir
y mientras los pasos van y vienen
más allá de tu ventana

dale duro a esa cosa
dale duro.

haz de eso una pelea de peso pesado.

haz como el toro en la primer embestida.

y recuerda a los perros viejos,
que pelearon tan bien:
Hemingway, Celine, Dostoievsky, Hamsun.

si crees que no se volvieron locos en habitaciones minúsculas
como te está pasando a ti ahora,
sin mujeres
sin comida
sin esperanza...

entonces no estás listo

toma más cerveza.
hay tiempo.
y si no hay
está bien
igual.

Charles Bukowski

Leer más...